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El líbero

4 marzo 2010 235 lecturas Sin Comentarios

El periodista Manuel De Oliveira, en su columna “El líbero” que publica en el diario Líder, se pasea por la carrera de Rafael Dudamel, quien se retiró este miércoles como jugador de la selección nacional de Venezuela. El comunicador detalla los principales momentos de la trayectoria del guardameta tanto con la vinotinto como con sus clubes en el extranjero y en el país.

Rafael Dudamel, el genio del arco

La redundante figura de los partidos de la Vinotinto -aún-no- Vinotinto empezó, oficialmente, a decir adiós. Uno de sus jugadores más emblemáticos y, tal vez, el que mayor éxito internacional alcanzó, dio anoche los primeros pasos en el camino que lo dejará fuera del escenario en el que logró el reconocimiento y los aplausos.

Rafael Dudamel jamás pasó inadvertido como jugador. Y tampoco lo intentó. Su talento innato estaba mezclado con una personalidad hambrienta de logros, de protagonismo. En la mitad de su adolescencia empezó a llamar la atención en aquel Mundialito. Ya sus reflejos empezaban a empujarlo hacia el éxito. Era un genio precoz. Uno que fue comprendido por la selección nacional, con la que fue, aún imberbe, a la Copa América de Chile. Ya la ULA disfrutaba a ese chamo que lucía diferente. Distinto.

En Colombia avistaron con prontitud la gema sacada de un fútbol impopular y perdedor. Y en Cali, Dudamel se hizo imprescindible, ídolo. La Copa Libertadores de 1999 fue su cénit. En ese momento, un venezolano logró ser parte de la élite de los aventajados que tocan el balón con las manos.

En la selección, su misión era evitar que las derrotas pasaran a ser humillaciones, pero su anhelo era saborear el éxito también con los colores de su país. No dar más gritos insuficientes como el de su golazo a Argentina en Pueblo Nuevo en 1996, que sólo sirvió para decorar un 2-5. Y en 2001, le tocó ser héroe, con un manotazo, en el primer grito de la nueva selección de la Vinotinto. Ese guantazo en Maracaibo ante Recoba cuidó el transitorio 1-0 que, luego, terminó en un histórico 2-0 ante Uruguay, la primera piedra de la Venezuela irreverente.

Paradójicamente, uno de sus momentos más felices sirvió de antesala a un rosario de lesiones que nublaron su carrera hasta la actualidad. Siempre quedará la duda de qué hubiese podido alcanzar Rafael Dudamel de no haber sido castigado en la madurez de su vida bajo los tres palos. Aún pudo tocar el éxito en 2005, cuando volvió al arco venezolano para cuidar varios puntos vitales en el camino hacia Alemania 2006, pero luego no logró ser el mismo.

Su último ciclo en Colombia estuvo lleno de más silencios que champaña. Pero, a pesar de las preguntas sobre algo que no sucedió, Dudamel dejó, como jugador, una huella imborrable en la memoria del balompié nacional. No logró cantar su himno en un Mundial, y seguramente quedaron otras metas pendientes que, un inconforme como él, hubiese querido alcanzar antes de allanar su adiós. Pero, al mismo tiempo, fue tanto lo logrado y lo cosechado, que el sanfelipeño no tiene de qué angustiarse; ya pertenece a ese lugar en el que están los inmortales del deporte venezolano.

Por: Manuel De Oliveira

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