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Así llegó CarGo a GL: sus inicios, firma y consolidación

3 octubre 2010 516 lecturas Sin Comentarios

El pasado sábado 31 de julio, Carlos González terminó de convencer a su familia que su determinación de convertirse en pelotero había valido la pena. Esa noche, el Coors Field de Colorado, fue el escenario en el que el zuliano demostró al mundo de las Grandes Ligas que estaba naciendo una súper estrella. Con su primer swing, en el noveno inning, envió la pelota al tercer piso del right field para que los Rockies dejaran en el terreno 6-5 a los Cachorros de Chicago. Ese jonrón no sólo significó la victoria, sino también la consecución de la escalera, algo que sólo dos criollos habían logrado antes que él.

Entre los 48.065 aficionados que se encontraban en el estadio de Denver estaban Lucila Guerra y Euro Eduardo González, progenitora y hermano mayor del ahora estelar “CarGo”, quien recorría las bases como una vez lo soñó, a los cinco años, cuando imitaba a “Eurito” en la Pequeña Liga de Coquivacoa, en San Jacinto.

“Yo lo llevaba al estadio desde pequeñito, cuando Euro jugaba en las Pequeñas Ligas”, recordó su mamá, quien le impregnó a sus hijos el amor por el béisbol al ser una fanática incondicional de las Águilas del Zulia. “Él no sabía lo que hacía, pero cuando su hermano bateaba, Carlos lo imitaba detrás de la cerca y corría como si fuera hacia las bases”.

El hijo menor de Lucila y Euro González, nacido el 17 de octubre de 1985, pidió a sus padres que lo inscribieran en la liga y el pequeño Carlos inició su aprendizaje en la categoría Pitoquito, aunque, irónicamente, odiaba jugar en los jardines.

“Decía que se aburría. Uno tenía que estar pendiente, porque se quitaba el guante y lo dejaba tirado”, señaló su hermano. “Él siempre quería estar en acción y por eso empezó a pitchear y a jugar primera base”.

Poco a poco, y apoyado en las enseñanzas de Euro, su calidad comenzó a ser indiscutible desde los siete años, siendo parte de las selecciones de todas las categorías que jugó, desde Pitoquito hasta Senior, siendo el as de la rotación y el tercer bate de todos los torneos que disputó: estadales, nacionales, latinoamericanos, panamericanos y mundiales.

Su talento era tan superior, que los mismos directivos de Coquivacoa se hicieron los desentendidos con las reglas zonales, que le hubiesen prohibido a Carlos jugar en su liga. Su familia vivía, entonces, en los bloques de Raúl Leoni, aunque tenían como dirección de residencia la casa de sus abuelos, ubicada al final de la avenida Bella Vista.

“Muchas veces jugaba pelota con él en casa de mis abuelos”, dijo su hermana Nathalie, dos años mayor que el grandeliga. “Le lanzaba granos de maíz o mamones, y él bateaba con un palo de escoba”.

Su brazo, el gran cañón con el que ahora fusila a los corredores en las mayores, siempre fue privilegiado. En Pitoquito, a los ocho años, lanzó un juego perfecto. En Infantil sumó otro par de de no hitters, mientras que en Infantil logró ponchar a 20 de 21 bateadores en un partido.

Con el bate también hacía desastres, pero su hermano y posterior mánager en las PL, se encargaba de mantenerlo con los pies en la tierra.

“Eurito muchas veces le decía, ‘vos sois una plasta e’ mierda’”, apuntó Lucila, quien no evita reírse de una anécdota que ayudó a forjar el carácter de su hijo menor.

“Como veía que destacaba mucho, lo menos que quería era que se creyera el mejor”, explicó el mayor de los González Guerra, quien fungió como una figura paterna en la pelota, mientras su padre trabajaba como mecánico para proveer a su familia de todas las comodidades.

“Yo le decía eso para que nunca fuese engreído”, continuó. “Eso hacía que él se esforzara más y se superara”.

Ese esfuerzo lo llevó a ser, con 15 años, el jugador más joven del Mundial Senior de 2001, que se realizó en Kissimmee, Florida, donde lo descubrió la persona que cambió su destino, el scout Miguel Nava.

“Yo fui a ver al pitcher Alfredo Fernández, pero me enamoré del swing de Carlos”, explicó Nava, vía telefónica desde Tampa. “Tenía muy buen brazo y ese swing que Dios le dio: suelto, sin esfuerzo, con velocidad”.

Tras el Mundial, Carlos decidió convertirse en pelotero profesional y le dijo a su hermano que lo preparara, por lo que iban todas las tardes, después de salir del liceo Udón Pérez, a practicar al estadio de Coquivacoa.

“Aquí algunos scouts me habían dicho que tendría más oportunidad de firmar si jugaba outfield, que se abrirían más puertas”, contó Euro, quien lo motivó a que practicara en los jardines. “Siempre fue muy bueno con el guante, tenía buenas manos. Atajando piconazos era un especialista, pero ese brazo se desperdiciaba en primera base”.

Nava, impresionado con el talento nato del inicialista, no perdió tiempo y a los dos meses viajó a Maracaibo para conversar con sus padres para llevárselo a entrenar a Tampa.

“Me parecía increíble que nadie hubiese estado interesado en él antes”, confesó el scout, quien fue clave en su contratación con Cascabeles de Arizona, luego de convencer a sus padres de su enorme potencial.

González trabajó durante ocho meses y mejoró su físico, que no fue llamativo para los scouts antes de irse a Estados Unidos, pero que despertó interés una vez que mostró su talento en el norte, incluso jugando en el College.

“Después se interesaron los Astros, Marineros, Bravos y Yankees, pero los únicos que hicieron ofertas, además de Arizona, fueron los Mets y los Medias Rojas”, subrayó Euro. “Los Dodgers dijeron que harían una buena oferta si firmaba como lanzador, pero él no quería ser pitcher”.

El 2 de julio de 2002, cuando podía legalmente firmar al profesional, sus padres empezaron a estudiar las dos únicas propuestas concretas, la de Arizona, por 130 mil dólares, y la de Boston, 50 mil dólares más alta.

“Tardamos 18 días en decidir y preferimos la de Arizona, porque ofrecía la oportunidad de jugar en Estados Unidos de una vez, una beca y, además, tenía un doliente, que era Miguel Nava”, reconoció Lucila.

“Él era como un hijo más. Vivió en mi casa y mi familia lo adora”, apuntó Nava. “Era muy humilde, nos hacía reír con sus ocurrencias y era una persona muy genuina”.

Como era menor de edad, necesitaba también la firma de sus representantes, por lo que su madre, quien tuvo que renunciar a la idea de verlo graduado de bachiller, tras abandonar el 5º año para jugar pelota, sólo le hizo una petición.

“Antes de firmar le dije, ‘Tienes que hacer un compromiso conmigo: llegar a Grandes Ligas’”, le pidió su mamá. ¿Su respuesta? “No se preocupe, señora, que eso va”.

En Venezuela también llegó la hora de firmar y lo hizo con Águilas del Zulia, por cinco millones de bolívares de los viejos, rechazando una oferta por más del doble (Bs. 11 millones) de los Leones del Caracas, el equipo de uno de sus ídolos.

“Bob Abreu siempre fue su jugador favorito, junto a Ken Griffey Jr., por quien usa el número 24”, señaló su madre. “Incluso, él a veces iba al estadio con la camiseta de los Leones para ver jugar a Abreu”.

Pero Carlos nunca dudó en aceptar la propuesta de los rapaces para jugar en Maracaibo, donde empezó a brillar a los 21 años, en su cuarta zafra en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, segunda como titular, cuando fue segundo en la votación al Jugador Más Valioso al ligar .318, con nueve jonrones y 40 remolcadas, llevando a los rapaces a su primer round robin en cinco zafras.

“Es el líder del equipo y será el jugador insignia de Águilas por muchos años, juegue o no”, acotó Eduardo Pérez, quien lo dirigió las pasadas dos campañas. “Él es la figura, como lo fueron Wilson Álvarez y Carlos Quintana en sus mejores tiempos”.

Y el “Águila Mayor” alzó en el norte el mismo vuelo que tuvo en Venezuela, aunque no lo pudo hacer en Arizona, principalmente por la mala reputación que le creó el ex grandeliga Brett Butler, su mánager en Clase A (2006) y en Doble A (2007).

“Butler le puso mala reputación en Arizona”, afirmó Nava, quien tuvo más de un encontronazo con el técnico por su percepción del zuliano. “No sé si sea racista o no, pero tal vez tenía envidia al ver la seguridad y soltura con la que jugaba, y la confundía con flojera y arrogancia”.

El alto mando de Cascabeles terminó confiando en el “juicio” de Butler y cambió al entonces prospecto a los Atléticos de Oakland, el 14 de diciembre de 2007, en un canje múltiple que llevó a Dan Haren a Arizona.

“Yo aprendí a sacar cosas buenas de lo malo”, reflexionó González “Ahora más bien agradezco a Butler, porque eso me hizo fuerte. Ahora valoro más las cosas, porque sé que me costó mucho llegar a donde estoy”.

En Oakland llegó a Grandes Ligas, el 30 de mayo de 2008, pero los Atléticos tampoco se convencieron de su talento y, el 12 de noviembre de 2008, lo enviaron a Denver por Matt Holliday, de quien heredó el “5”.

Tras empezar el 2009 en las menores, la liga Triple A le quedó pequeña (.339, con 59 remolques en 48 juegos) y subió cuando Jim Tracy asumió el mando en Colorado.

“Él ha sido un padre para mí. Me dio la confianza de jugar todos los días, creyó en mí, y por eso he logrado todo esto”, aseguró “CarGo”, como fue bautizado en Denver.

De allí en adelante no ha parado de batear, desde los pasados playoffs (.588) hasta ahora, cuando se convertirá en el primer zuliano campeón bate en las Grandes Ligas.

Por: Augusto Cárdenas/Panorama

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