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La familia llevó a CarGo a las Grandes Ligas

2 octubre 2010 610 lecturas Sin Comentarios
Carlos González se creció a la ofensiva.

Carlos González se creció a la ofensiva.

Corre el año 1990 y Euro González consume su turno en la Pequeña Liga Coquivacoa. Detrás de la cerca del home, un niño de cinco años imita sus movimientos en la goma. Cada gesto que hace “Eurito” es imitado por el pequeño. Conecta un hit y de inmediato corre a la inicial, al igual que el hermanito. Ambos llegan “quieto”. Euro no tuvo mayor participación en la pelota, pero ese pequeño es quien, veinte años después, tiene hoy a las Mayores a sus pies: Carlos González. Esos fueron sus primeros contactos con el béisbol, pero no los últimos.

Quizás el estrellato haya tocado la puerta del jardinero, pero sigue siendo el “bebé” de la familia González Guerra. A diario se recuerdan sus travesuras en la casa en la que se crió por el sector Don Bosco. Como le causaba dolores de cabeza a su tía abuela Hermelinda sacudiéndole la hamaca cuando trataba de dormir sólo por escuchar sus amenazas.

Es el mismo que estudió en el Instituto Católico María Montessori, en Zapara I y en el Udón Pérez. Sólo que ya no sólo roba elogios en el estadio de San Jacinto, sino en el Coors Field de los Rockies de Colorado y en cada gramado que pisa.

“Cuando Carlos me dijo que quería ser pelotero, ambos hicimos un trato: que entrenaríamos todos los días para prepararlo para cuando le tocara firmar”, rememoró  “Eurito” sobre los inicios de su hermano menor. “Él siguió al pie de la letra mis consejos y desde ahí no nos separamos más, hasta que le tocó irse a los Estados Unidos para firmar, cosa que me pegó demasiado porque somos muy unidos. Sin embargo, siempre supe que lo iba a lograr”.

Desde ahí, el popular “CarGo”, quien lidera su circuito en promedio (.340) y sigue chocando su casco con su mano antes de batear al igual que lo hacía de pequeño, jamás ha separado su vida del béisbol. Es casi imposible que otro tema de conversación reine en su casa. Era tanta la pasión por la pelota que Carlos hacía sus tareas del colegio en las gradas del estadio y faltaba a reuniones familiares cada vez que había un juego.

“A mí casi me botan del trabajo porque lo descuidé al estar tan metida con los juegos de Carlos”, confiesa su madre, Lucila Guerra. “Los muchachos pasaban toda la tarde practicando. Le lanzaban cosas pequeñitas, como frijoles, arvejas, maíces, para que afinara su vista y eran un peligro para los palos de escoba. Todos contribuimos”. Otra afición de este orgullo zuliano era la caricatura. Sus primos siempre reían a carcajadas al observar sus creaciones. Su rostro y los de sus seres queridos caían en la mofa. Se dice que si no hubiera sido beisbolista sería diseñador gráfico o caricaturista humorístico.

Pero no. Lo suyo era el béisbol y esa misma entrega lo hizo desistir de otras disciplinas que practicó desde niño, como el judo y la natación, a pesar de brillar en ellas, su carácter recio lo llevó a imponerse a la voluntad de su madre, quien pensaba en lo difícil que era ser grandeliga. En la familia se recuerda como muchos auguraban que su baja estatura le impediría firmar como profesional, pero una alimentación especial y la presencia de dios en su vida se encargó de responderle a los presagios adversos.

Tremendo

De chamo, Carlos seguía al pie de la letra el significado del coloquialismo zuliano “mamonazo”. En casa de su abuela, hay varios árboles del famoso fruto regional, pero para alcanzarlos debían trepar hasta el techo de la casa.

Sus primas, principales víctimas de las maldades que hacía, lo obedecían al subir para recoger los mamones, pero luego las retenía arriba por horas, amenazándolas de “caerles a mamonazos” de no quedarse encaramadas.

“Fue un muchacho muy tremendo. Siempre tenía un cuento nuevo de él” recuerda su madre, agregando que “Eurito”; y Carlos formaban una dupla temible, a pesar de que se llevan siete años de diferencia. Siempre fueron muy unidos”. “No se bajaba de una mata de mango tampoco”, agregó Euro.

Sin embargo, el universo de los González gira a su alrededor, cual sol. Es el grandeliga, el líder bate, la súper estrella, pero a la vez es el hijo, el hermano, el primo. Su familia siempre está por delante.

“Cada vez que viene a jugar en Venezuela, con las Águilas, trae regalos para todo el mundo”, explica una de su “víctimas” de la infancia, su prima Fabiola Bohórquez. “Es muy generoso con todos, en especial con nuestros primos que también practican béisbol. Les trae guantes, bates y pelotas”.

Antonio González, primo y uno de los más cercanos a “CarGo” recuerda que pasaban horas jugando Playstation, de chamos. “Almorzábamos y durábamos hasta las 3.00 de la mañana. Siempre me ganaba en béisbol, pero en baloncesto yo lo ‘mataba”. Antonio también destaca por ser considerado su “gemelo perdido”, llegando incluso a pasar en el estadio sin pagar y hasta el punto de que le piden autógrafos creyendo que se trata del grandeliga zuliano. “Carlos y yo nos morimos de la risa cada vez que eso pasa. Ahorita soy más robusto que él y me pide que rebaje para que eso se repita”.

Al éxito

Doce años en la PL Coquivacoa labraron el camino que recorre hoy día. Fue una larga etapa que sorteó con mucho esfuerzo, trabajo y un sinfín de metas que se encargó de cumplir una a una.

Al momento de firmar al profesional, en 2002, tomó la difícil decisión, tanto para él como para su familia, de abandonar los estudios a sólo cuatro meses para graduarse de bachiller, para irse a los Estados Unidos a probar su talento. Lo despidieron como siempre en la casa de sus abuelos, en el patio de su niñez. Una caravana familiar lo acompañó ese 14 de febrero. El consentido de la familia se separaba por primera vez de los suyos. El llanto se hizo inevitable.

Sin embargo, se marchó con el juramento a su madre de ser el mejor de los peloteros. Ella es su adoración y la vida le permitió casualmente, el 29 de mayo de 2007, darle el mejor regalo de cumpleaños posible al anunciarle, por vía telefónica, que lo acababan de llamar del equipo grande de los Atléticos de Oakland. Al día siguiente Kevin Millwod, lanzador de Texas, pagó los platos rotos. Debutó con un doble en las Mayores y en su siguiente turno repitió la fórmula. Al final se fue de 3-2. La alegría no cabía en el corazón de la señora Lucila. Carlos se sentía el mejor de los hijos, y lo era.

Hoy día, una llamada telefónica a su progenitora predice, casi siempre, su actuación de la noche. “Mamá, hoy daré dos hits. Te los dedico”, es la rutina del zuliano. “Y siempre cumple”, comenta su orgullosa madre.

Por: Daniel Villalobos/La Verdad

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